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Las elecciones de antaño y de hoy

Por Serafín Rodríguez

En aquellos tiempos remotos como los de Macondo, los políticos de pueblo chico se disputaban la Alcaldía y los sillones edilicios, más bien las sillas a medio destartalar en que se sentaban los regidores. Las campañas electorales eran pintorescas y sus resultados siempre previsibles según quien acarreara más peones de su fundo, campo o parcelita, o pagara mejor por los votos ya marcados de antemano.

El proceso era simple. Antes que nada, había que enseñarles a dibujar su firma a los analfabetos e inscribirlos en el Registro Civil para que pudieran votar. Después se les acarreaba a las proclamaciones de los candidatos que tenían lugar en la plaza pública frente a una estatua de cemento de Caupolicán o El Roto Chileno para que avivaran al candidato que generalmente era presentado por algún miembro del partido venido de la capital de provincia o de Santiago según diera la caja del partido o de la Municipalidad, si el candidato era el Alcalde. Todos se reían y lo pasaban bien. Las campañas electorales eran siempre motivo de fiesta en el pueblo.

El día de la elección, temprano en la mañana, los candidatos les entregaban a sus adherentes una cédula electoral previamente marcada a su favor. El arreglo no permitía confusión. El ciudadano iba a su mesa de votación en la escuela pública con su mejor pinta dominguera y el voto marcado en el bolsillo derecho de la chaqueta, dibujaba su firma en el registro de la mesa, le entregaban su cédula electoral no marcada, iba a la cámara secreta, se guardaba el voto sin marcar en el bolsillo izquierdo, sacaba el marcado del bolsillo derecho, salía de la cámara secreta, metía el voto marcado en la urna y se despedía del presidente y vocales de mesa como buen ciudadano. A la salida, a la vuelta de la esquina o incluso en la puerta misma de la escuela, estaban los representantes de los candidatos. Habiendo cumplido con sus obligaciones cívicas, los electores se dirigían, haciendo cola, al representante de su candidato, a quien le entregaban el voto sin marcar y éste les pagaba su coima para que se fueran a emborrachar.

Una vez electos los regidores y el alcalde, todos se felicitaban por la limpieza del acto electoral y celebraban la democracia que vivía el país líder de América Latina.

Las reuniones de la Municipalidad eran ceremoniosas y amistosas. El secretario invariablemente tomaba acta de ellas en un ajado cuaderno de copia y un lápiz de mina que “de cuando en vez” se llevaba a los labios para ensalivarle le punta. Su sola participación era leer sin faltas de ortografía el acta de la sesión anterior, aunque a veces pedía que por favor no hablaran tan rápido para poder tomar nota de lo que se decía. Su escritura era lenta.

Terminada la sesión, el señor alcalde y regidores se iban todos contentos a la cantina del pueblo a jugar un par de manos de brisca y a tomarse su rico botellón de tintolio acompañado de un buen causeo o empanaditas fritas en celebración de su acuerdo unánime de remplazar las ampolletas quemadas del alumbrado público. Hoy se las roban. Las nuevas, por supuesto. Todo ha cambiado también, especialmente a nivel nacional, excepto los vínculos de amistad entre los políticos de los distintos partidos que en público se difaman recíprocamente pero siguen comiendo en un mismo plato y felicitándose por la democracia que viven en el país líder de América Latina.

La diferencia con antaño es que “los representantes del pueblo” ya no necesitan comprar votos porque mantienen un sistema que los elige y re-elige cuantas veces quieran. Y como ya no tienen que comprar a nadie, ahora son ellos los que están en venta.


Serafín Rodríguez